En los albores de la primavera

Es curioso. Israel se precia -y nosotros en Israel nos preciamos también- de su desempeño económico, aún en épocas como ésta, de fuertes turbulencias y crisis recurrentes. Más todavía; se continúa poniendo un acento laudatorio en los avances tecnológicos y en los  rasgos de la Start Up Nation, destacando el constante aumento anual de “exits”, es decir de ventas y fusiones de start-ups (pese a que el 70% de quienes adquieren esas nuevas empresas tecnológicas son extranjeros -y ese porcentaje se mantiene firme a lo largo de los años- con lo cual se reducen sin duda las posibilidades de que los frutos de la creatividad israelí se mantengan en el país y lo beneficien en su conjunto).

Y lo curioso es que ese destacable desempeño económico – donde el Producto Interno Bruto por habitante supera los 30.000 dólares anuales y las reservas de divisas se sitúan por encima de los 90 mil millones de dólares- convive desde hace tiempo con pésimas noticias sobre el tamaño de la pobreza en la sociedad nacional y sobre la deplorable distribución del ingreso. Y no se trata de situaciones  poco conocidas. Cada vez que se publica un Informe del Seguro Nacional (Bituaj Leumí) o cada vez que se difunden los estudios de la OECD con los datos sobre pobreza, sobre cómo se distribuye el ingreso y qué posiciones ocupa Israel en estos aspectos entre los países desarrollados (y esos informes y estudios se presentan al público al menos una vez por año) nos rasgamos las vestiduras en lo que parece ser ya una ceremonia ritual; y ya sabemos que las ceremonias rituales se repiten invariablemente, pero no modifican lo que esas ceremonias conmemoran.

Es decir, a la sociedad israelí -o mejor dicho, los diversos segmentos que constituyen partes diferenciadas de esa sociedad, se le recuerda de tanto en tanto que en su seno existen y se perpetúan graves problemas sociales; que ya desde mediados de los años 90 los niveles de pobreza se han ido situando alrededor de un 20% de la población,  y que el coeficiente de Gini (una de las medidas de la distribución del ingreso)  se  ubica entre 0.36 y 038 (por encima de casi todos los países integrantes de la OECD). No se trata, pues, de un fenómeno nuevo ni poco conocido; por ello su persistencia parecería apuntar más bien a una especie de conformidad con -o en el mejor de los casos a una resignada aceptación de- una situación en la que se mantiene un cierto estatus quo social. Porque no aparecen compromisos políticos que tiendan  a modificarlo significativamente.

Cabe agregar además que, al contrario de lo que podría pensarse,  los niveles de pobreza se vienen manteniendo a pesar de los cambios en la ocupación de la mano de obra. En el año 2009, cuando más se sintió el efecto de la crisis económica y el desempleo en Israel se ubicó en promedio en el 7.7% de la fuerza de trabajo, la población por debajo del nivel de pobreza se estimaba en un 20,9% de la población total, Desde entonces el desempleo ha venido descendiendo de tal forma que actualmente se ubica en el orden del 5%, que se considera bajo en la comparación internacional; y sin embargo un 22% de la población continúa por debajo del nivel de pobreza (datos correspondientes al último Informe del Seguro Nacional, de diciembre de 2015).[1]

En resumidas cuentas: durante más de 20 años la sociedad ha visto crecer su economía a un ritmo anual promedio cercano al 4%, pero en todo ese lapso la quinta parte de su población se ha mantenido bajo la línea de pobreza (lo que significa que en términos generales el número absoluto de pobres ha venido creciendo al mismo ritmo que el crecimiento de la población). Mientras tanto, las desigualdades en la distribución del ingreso no sólo no han mejorado sino que se han ido agravando.

Ese estatus quo social persiste en paralelo con un prolongado estatus quo político, caracterizado por el mantenimiento en el tiempo -y en el espacio- de una situación no resuelta en  relación con los palestinos, que prolonga la ocupación, que abusa de los criterios y del concepto de seguridad para mantener en vilo a la población y que lleva a enajenar el apoyo internacional del que gozaba Israel. Pero más allá de ello, lo que se está comprometiendo es el futuro del proyecto sionista tal como fuera concebido en su momento. Y sin embargo, ésta es la forma en que parece estar aceptando la sociedad estas situaciones -aunque es dudoso que se pueda hablar de un único tipo de reacciones en una sociedad tan segmentada como la israelí.

Ciertamente, la historia nos enseña que estas situaciones no son eternas. Las injusticias sociales pueden extenderse en el tiempo, pero su propia persistencia genera a la larga presiones y reacciones que acaban por modificar significativamente la correlación de fuerzas. Pero si no se participa activamente en definir la dirección de esas nuevas fuerzas políticas, nada asegura (y eso también nos lo enseña la historia) que la forma en que se procesen esas reacciones conduzcan a un futuro mejor; las secuelas de las manifestaciones del 2011 constituyen un buen ejemplo de ello.

Asimismo, el estatus quo político no podrá mantenerse indefinidamente, pero las posibilidades de que se supere en la dirección adecuada (y para el autor de estas líneas la dirección adecuada pasa por avanzar hasta hacer posible la realización de negociaciones bilaterales que consagren el principio de dos estados para dos naciones) requieren una profunda transformación en los liderazgos políticos y una amplia aceptación,  que requiere ser compartida por las mayorías, de la necesidad de mantener a toda costa el carácter democrático de lo que es y debe continuar siendo el hogar nacional judío.

Porque el mantenimiento de ese carácter democrático está sujeto a todo tipo de asechanzas, pero quizás la que más pueda afectarlo -en esta sociedad tan fragmentada- es la persistencia de un modelo educativo que desde los niveles primarios divide a su población. Y pese al discurso oficial que sostiene la existencia de bases comunes en los programas de cada una de las cuatro corrientes educativas con financiación pública, la realidad muestra un cuadro diferente y amenazador. Un único sistema es una condición necesaria para consolidar los ideales democráticos, alrededor de las más tempranas experiencias de convivencia y de respeto al otro. Hoy esta posibilidad no sólo es negada sino que ni siquiera es considerada. Y sin embargo, la verdadera democracia se construye desde los pupitres escolares compartidos.

 

 

 

 

 

 

[1] La comparación entre 2009 y 2015 de los niveles de desocupación no incluye los cambios estadísticos introducidos en el año 2012 (ver Boletín de Prensa  081/2012  de la Oficina Central de Estadísticas), pero ellos no afectan la argumentación del texto.