Por el año que termina

A pocos días de finalizar el año civil, es difícil escapar a la vieja costumbre de mirar hacia atrás e intentar un repaso de lo más saliente del año, de lo bueno y de lo malo que ha venido  pasando y de las expectativas (o de la falta de expectativas) que se han ido generando hacia adelante. Claro está que cada uno es muy dueño de privilegiar aquello que más le ha impactado y priorizar lo que más  le interesa. Y no caben dudas que aquí en Israel, en este año que se va desvaneciendo,  hay mucho para elegir. ¿Cabría comenzar por recordar la estrepitosa campaña del Primer Ministro contra las negociaciones del tratado nuclear con Irán, y su exhibición en el Congreso estadounidense, en pleno proceso electoral interno?  ¿Se podría analizar porqué  el debate sobre los acuerdos  del gas natural ha generado ya, en el curso de este año, una renuncia (el Comisionado de la Autoridad Antimonopolios), una destitución (la Presidente de la Autoridad Eléctrica) y un cambio de ministros  (la sustitución de A. Deri por B. Netaniahu como Ministro de Economía)? ¿Qué elementos habría que tomar en consideración para evaluar la estabilidad  y continuidad de una coalición de gobierno que cuenta con 61 miembros de la Kneset en un total de 120 parlamentarios y que está conformada por 21 ministros y ocho viceministros (de hecho, prácticamente la mitad de los parlamentarios de la coalición de gobierno están en el Gabinete, sin contar las cuatro carteras ministeriales que se ha autoasignado el Primer Ministro)? ¿Se puede seguir hablando de dos estados para dos pueblos mientras se continúa apoyando los asentamientos, a sabiendas que esto último niega lo primero?  Y la reciente -y persistente- ola de atentados con cuchillos, tijeras y automóviles ¿cómo puede ser controlada, neutralizada y finalmente superada?

Todo eso  -y mucho más- está encapsulado en el año que termina. Y de todo eso -y de mucho más- habrá que ir comentando algo a medida que avanzan los días.  Pero en este año que termina también la economía importa, y a ella me quiero referir ahora.  En este ámbito al menos las noticias parecen ser algo más alentadoras. De acuerdo a las estimaciones de las autoridades económicas, el Producto Interno Bruto (PIB) del país estaría creciendo en este 2015 en el orden del 2.5%.

Sin embargo, es necesario tener presente que con un aumento poblacional anual  del 1.9%, el crecimento del PIB por habitante se ubica en sólo 0,6%, lo que equivale a un virtual estancamiento; y algo similar ocurrió en 2014. Por su parte, las exportaciones bienes y servicios del país, que constituyen el principal motor dinámico de la economía (especialmente en su sector de alta tecnología), están teniendo ultimamente un muy débil comportamiento: en 2013 crecieron sólo 0.1%, en 2014 aumentaron 1.7% y en este 2015 habrían disminuído 3.7%.

¿Cómo se explica entonces que, pese a ello, se mantengan cifras positivas de crecimiento? La respuesta parece estar en gran medida en la evolución del consumo privado, que habría aumentado en este año un 5%, alentado aparentemente -entre otras cosas- por el aumento en el salario mínimo, que pasó de los 4.300 shekel mensuales vigentes desde el año 2012 a 4.650 shekel, a partir de abril de 2015.

No cabe duda que mostrar aumentos significativos en el consumo privado -especialmente si esos aumentos se centraran en los estratos más débiles- constituirían buenas noticias. Pero más allá de los problemas que plantea la vigente distribución del ingreso en Israel (una de las más desiguales en el contexto de la OECD), que pone en duda que los incrementos de consumo se repartan equitativamente,  es preciso tener muy en cuenta que los aumentos en la demanda privada, en una economía pequeña como la de Israel,  presionan con fuerza sobre las importaciones. En efecto, como no es posible producir internamente todos los bienes que consume la población, es preciso recurrir a las importaciones para satisfacer esas demandas acrecentadas . Y el aumento de esas importaciones sólo puede financiarse, a la larga, con mayores volúmenes de exportaciones.

En este contexto, las proyecciones de crecimiento del PIB de Israel para 2016 parecen algo mejores. El PIB crecería 3.2% -de acuerdo a las últimas publicaciones de la OECD- y las perspectivas de aumento de las exportaciones se estiman en un 3.3%, con respecto al volumen del año anterior. Pero como lo señala ese mismo organismo, esas estimaciones podrían resultar demasiado optimistas si la demanda internacional resultara inferior a la prevista, y están además sujetas a las incertidumbres que genera la persistencia -o el eventual agravamiento-  de los problemas actuales de seguridad y la muy delicada situación regional. Es decir, no podemos desligar lo económico de lo que sucede en el ámbito político, ni fingir indiferencia frente a lo que se desarrolla a  nuestro alrededor. El precio a pagar es demasiado caro.