putosEsta semana alumnos de la Escuela de la Sociedad Escolar y Deportiva Alemana de la localidad de Lanús, de la provincia argentina de Buenos Aires, se vistieron de nazis (me cuesta decir si se disfrazaron o se desnudaron a sí mismos) y en medio del viaje de egresados en Bariloche, fueron a agredir a alumnos de la escuela judía ORT.

Lo más preocupante no es el hecho en sí –que es gravísimo- sino que estos pibes se hayan sentido legitimados para hacer lo que hicieron, libres e impunemente.

Estos pibes nazis se vistieron de lo que son, se pusieron los trajes ¿anacrónicos? Y nadie les dijo nada, se pasearon por las calles de Bariloche, la misma ciudad que supo albergar al jerarca nazi Erich Priebke como “un buen vecino”, y nadie les dijo nada, entraron al boliche “Cerebro” -un oxímoron perfecto- y nadie les dijo nada. Si  no hubiese sido por los estudiantes de ORT, que entendieron al instante que con los nazis no se dialoga ni se los tolera, a los nazis hay que combatirlos, nadie hubiera saltado por ellos en el país del “no te metas”.

¿Cómo se generó el campo propicio para que esto pase? No fue un hecho aislado. Si paso lo que pasó, fue porque antes hubo por lo menos un hecho menor que fue desestimado. Y este hecho no es otra cosa que un sondeo, una prueba para probar la reacción de la sociedad a ver si pueden seguir escalando. Y lo van a hacer si el freno no es absoluto.

A este proceso, que cuenta con una matriz tan actual, lo describió mejor que nadie Stefan Szweig en su libro “El mundo de ayer”:

“Es difícil renunciar en pocas semanas a treinta o cuarenta años de íntima fe en el mundo. Enraizados en nuestras concepciones del derecho, creíamos en la existencia de una conciencia alemana, europea, mundial, y estábamos convencidos de que había una medida de la inhumanidad que acabaría automáticamente, de una vez por todas, a la vista de la Humanidad. Puesto que trato de ser aquí todo los más sincero posible, debo confesar que en al año 1933 y aun en 1934 no creíamos posible en Alemania o en Austria ni la centésima, ni aun la milésima parte de lo que iba a sobrevenir pocas semanas después. Es cierto que contábamos de antemano con que los autores libres e independientes debíamos esperar ciertos entorpecimientos, inconvenientes y animosidades. Inmediatamente después del incendio del Reichstag, advertí a mi editor que pronto se acabarían mis libros en Alemania. Nunca olvidaré su estupor.

-¿Quién puede prohibir sus libros? – inquirió entonces, en 1933, totalmente perplejo. – Usted nunca ha escrito una palabra contraria a Alemania, ni intervenido en política.

Y es que todas las monstruosidades, como la incineración de libros y las fiestas celebradas en torno a unos cepos, que pocos meses después iban a ser hechos concretos, parecían, un mes después del encumbramiento de Hitler, más allá de todo lo concebible, aun a juicio de personas harto perspicaces. El nacionalismo, con su técnica del engaño inescrupuloso, se cuidaba mucho de poner de manifiesto el radicalismo total de sus propósitos antes de haber endurecido al mundo. Así, practicaba su método de precaución: nada más que una dosis pequeña cada vez, y después de cada dosis, una pausa. Cada vez, solo una píldora, y luego, un momento de espera para comprobar si no había sido demasiado fuerte y si la conciencia universal asimilaría esa dosis. Y en vista de que la conciencia europea –para mal y vergüenza de nuestra civilización– subrayaba diligentísimamente su desinterés, ya que aquellas brutalidades se realizaban “allende la frontera”, las dosis se hacían cada vez más poderosas, hasta que, por último, Europa entera sucumbió a causa de ellas. Nada realizó Hitler más genial que esa táctica de los sondeos lentos y los aumentos progresivos de un poder creciente contra Europa que se debilitada cada vez más en lo moral y pronto asimismo en lo militar. La acción, interiormente resuelta desde mucho tiempo atrás, para aniquilar en Alemania toda opinión libre y cualquier libro de ideas independientes, también se realizó de acuerdo con aquel método de tanteo previo. No se procedió a dictar en seguida una ley – ésta sólo vino dos años después – que prohibiera nuestros libros lisa y llanamente.

En lugar de ello, se efectuó por lo pronto un débil ensayo para averiguar hasta qué punto se podía proceder, y se encomendó ese primer ataque contra nuestros libros a un grupo oficialmente irresponsable: el de los estudiantes nacionalsocialistas. De acuerdo con el mismo sistema que se empleaba con objeto de poner en escena la “ira popular” para llevar a cabo el boicot antisemita, resuelto también desde mucho tiempo atrás, se dio a los estudiantes una consigna secreta para que manifestaran públicamente su “sublevación” contra nuestros libros. Y los estudiantes alemanes, encantados con cualquier oportunidad para expresar su modo de pensar reaccionario, se reunieron obedientemente en todas las universidades, sacaron libros nuestros de todas las librerías y marcharon con tales presas y con banderas desplegadas hasta una plaza pública.”

A los límites hay que ponerlos a tiempo, porque sino, es tarde. No nos caímos de golpe, nos degeneramos de a poco.

Y los de palo, los “yo argentino” abstencionistas, no son de afuera, son cómplices. Porque tal como nos legó Elie Wiesel, tenemos que tomar partido, porque el silencio estimula al verdugo.