“La población en Israel ha estado escuchando buenas noticias en el campo económico en los últimos tiempos. Frente a las complicadas y no siempre claras maniobras que -para variar- han caracterizado el complejo panorama político pre y post electoral de los meses recientes, y frente a las perplejidades que despiertan inevitablemente las incertidumbres sobre la posibilidad de negociaciones con nuestro vecino más próximo, los anuncios que han venido sucediéndose (en materia de desempeño económico) parecen como diseñados ex-profeso como para compensar otras inquietudes y preocupaciones.

Mientras tanto, la evolución de la situación social en el país, en particular en materia del aumento de los índices de pobreza y de la profundización de la brecha entre los niveles de ingreso de los diferentes grupos sociales, testimonia la necesidad de una reflexión.

Algunas cifras sobre el particular: en Israel  una de cada cuatro familias -el 24.1%- se sitúa debajo del nivel de pobreza cuando en 1997 ese porcentaje era del 17.5%; por su parte y en vista de la concentración de familias numerosas en los sectores más carenciados,  el porcentaje de niños pobres en el país ascendió a 34.1% del total de niños. En cuanto a la distribución del ingreso, medida por el coeficiente de Gini[1], éste pasó del 0.34 en el período 1996/1998 a 0.38 en lo que sitúa a Israel en uno de los niveles más desiguales en comparación con la mayor parte de los países de la OCDE.”

Los párrafos anteriores han sido tomados textualmente de dos notas escritas por mí en el semanario AURORA, entre abril y mayo del año 2006. Hoy han pasado  10 años de esos comentarios, pero parecería que el tiempo se hubiera detenido. La OECD, acaba de publicar el  Informe Económico 2016 sobre Israel[2], -dado a conocer a finales de enero de este año-  que lleva a las mismas conclusiones. Así, el escueto sumario ejecutivo de ese Informe se condensa en tres frases: “La economía tiene fundamentos fuertes, pero el desempeño de la productividad ha sido débil. La desigualdad del ingreso y la pobreza son altos. El marco fiscal no lleva a un crecimiento inclusivo”.

El Informe de la OECD -que ha sido extensamente citado en la prensa israelí estos últimos días- se explaya sobre esos temas y detalla elogios pero también críticas, que ambos tipos elementos se encuentran en el  actual panorama económico y social de Israel. En última instancia, lo que resulta claro a lo largo de estos años  es la permanente existencia de una ambivalencia:  la que deriva del funcionamiento de una economía que se precia de su capacidad para crecer, aún en circunstancias adversas,  pero que no logra superar su incapacidad para que los frutos de ese crecimiento se distribuyan con mayor justicia y equidad.

Se trata, por lo visto, de una ambivalencia que se viene prolongando en el tiempo  aunque, preciso es reconocerlo, no ha pasado desapercibida. Las multitudinarias  manifestaciones del verano de 2011, el análisis de los problemas sociales que acompañó a las recomendaciones de la Comisión Tranjtenberg, los informes anuales sobre el Estado de la Nación publicados por el Centro Taub para Estudios de Política Social en Israel, los informes alternativos sobre pobreza de instituciones como Latet,  constituyen una pequeña y reciente muestra de la constante presencia de estos problemas y de los esfuerzos por discutirlos  y por aportar -y exigir- soluciones.  Y sin embargo, la continua vigencia de altos niveles relativos de pobreza, de una creciente desigualdad en la distribución del ingreso, del mantenimiento de grandes brechas entre la productividad de diferentes sectores de la economía (que se traduce en grandes brechas salariales), de la persistencia de grupos poblacionales que resienten mayoritariamente la problemática social, todo ello constituye un testimonio vivo de la ineficacia (para decir lo menos) del modelo económico y social en vigor, que muestra su  impotencia -o su desinterés-   para superar esos problemas.

En realidad, así como parece existir una preferencia por el mantenimiento del estatus quo en lo político que se manifiesta -entre otras cosas- por la continuidad de la ocupación en los territorios y por la inmovilidad en materia de negociaciones de paz, también parece constatarse un estatus quo en el ámbito social y en el económico. En este último, la admirable e indudable capacidad creativa de esta sociedad le permite avanzar en el campo científico y aprovechar ese avance en múltiples aplicaciones tecnológicas, que constituyen cada vez más la base de su crecimiento. Pero la distancia entre esas actividades y  el resto, que es el que ocupa a la mayoría de la fuerza de trabajo, continúa ampliándose, perpetuando una dualidad  que no sólo se refleja en importantes diferenciales salariales sino que afecta al funcionamiento todo de la sociedad.

¿Es posible superar  estas situaciones, es posible revertir ese  estatus quo, tanto en el ámbito político como en la política social? La respuesta es positiva, pero  requiere una voluntad de cambio capaz de trascender el discurso político actual, que ve enemigos debajo de cada piedra  y  que sólo sabe responder, a cualquier manifestación crítica, con la fuerza que niega  y acalla.

[1] Los valores del coeficiente de Gini van de 0 a 1; cuanto mayor el valor del coeficiente, mayor es el nivel de desigualdad en un país.
[2]  Ver:      OECD Economic Surveys    ISRAEL  JANUARY 2016  OVERVIEW